domingo, 28 de septiembre de 2014

Para descubrir a Yayoi Kusama



En la edición de hoy de Confabulario publiqué un perfil sobre Yayoi Kusama, la gran artista japonesa cuya retrospectiva “Obsesión infinita” acaba de llegar al Museo Tamayo. Mientras escribía ese texto pensaba en la relación entre arte y locura, que la vida y obra de Kusama ponen tan de manifiesto, y en la extraña sensación de genera la muestra. Por un lado, la explosión cromática de las pinturas e instalaciones evocan una inocencia pop que resulta entrañable; por el otro, la raíces que esta obra hunde en la innegable demencia de la artista dibujan un paisaje abismal e inquietante que, por algún ¿extraño? motivo, cuesta asumir en su exacta dimensión. ¿Será que, en una época en la que hasta la locura se convierte en espectáculo, el drama de la enajenación también puede ser un objeto de consumo? Intenté desarrollar esas dudas en el perfil que publiqué hoy, pero sospecho que la única manera de enfrentarlas es tras visitar la exposición. Para invitar a vivir la experiencia, aquí van un par de videos: uno que la exhibe en su estudio, y otro, de la BBC, en la que Kusama se explica con sus propias palabras. Dos buenas maneras de entrar a uno de los grandes acontecimientos culturales de este año en la Ciudad de México.

 

jueves, 25 de septiembre de 2014

Por qué me fui de Buenos Aires (y regreso a este blog)

Regreso a este Guyazi poco más de seis meses después de mi último post. El lapso de mi ausencia virtual corresponde al de mi mudanza a México DF, ciudad que adoro y a la que en marzo pasado volví para instalarme una vez más, como ya había hecho entre 1998 y 2006. En este nuevo tiempo mexicano tuve que conseguir trabajo y casa, me reencontré con los queridísimos amigos y finalmente, de a poquito, terminé de instalarme. Por eso recién ahora siento que tengo tiempo y energía para retomar el pulso de este blog, y también para compartir las razones por las que dejé Buenos Aires, donde ya llevaba seis años de trabajar muy a gusto y con un buen futuro a la vista.

Yo viví más de 15 años en distintas ciudades del mundo, y los últimos seis que pasé en Buenos Aires fueron los más asfixiantes y agotadores que recuerde. Si cuando llegué, a finales de 2007, hubiera sabido que la experiencia iba a ser tan agobiante, muy probablemente me habría ahorrado la aventura. Como todo comentario que de alguna manera contrasta con los valores del orgullo nacional, debo aclarar que no pretendo que todo el mundo piense como yo y que por supuesto pongo mis ideas en circulación con el mayor respeto del que soy capaz (sentirme obligado a hacer este tipo de aclaraciones cada vez que expreso un pensamiento propio sobre Argentina es, por cierto, una de las tantas razones por las que decidí irme). En Barcelona viví sin nada de dinero y muchas veces ni siquiera tenía dónde dormir; en Budapest me costaba dominar el idioma y tenía serios problemas para entender hasta lo más básico; en mis primeros años de México tuve que lidiar con mi mala educación argentina y necesité de mucho tiempo para aprender la humildad y el respeto, que son fundamentales en la vida cotidiana de este país; y en Rio de Janeiro ni siquiera pude abrir una cuenta bancaria para cobrar el trabajo que hacía. Sin embargo, a pesar de las dificultades, de todas esas ciudades salí más maduro, fortalecido, y con la sensación de haber aprendido lecciones importantes. No puedo decir lo mismo de la Buenos Aires en la que viví hasta hace unos meses. Yo jamás me había topado con un nivel de intolerancia y soberbia como el que me tocó ver allí, donde todo el mundo te juzga e intenta colocarte en un bando ideológico sin siquiera averigüar quién eres o por qué dices lo que dices. Y la combinación de ceguera, petulancia y odio indisimulable me obligó a refugiarme en un mundo íntimo cerrado y empobrecido donde me sentía a salvo, pero que no me resultaba fértil ni estimulante. 


Si me asaltaban, como ocurrió (a una calle de mi casa y a menos de dos del Departamento Central de Policía), en las redes sociales debía defenderme de quienes sugerían que quejarme era una prueba de mi intolerancia con los ladrones. Si viajaba hasta La Rioja y veía con mis propios ojos la situación en Famatina, los amigos que no estaban de acuerdo con el reclamo sobre el que escribía me trataban de ciego o de pensar de acuerdo a quienes pagaban mi trabajo. Y si no podía entrar a mi propia casa porque dos chicos drogados me amenazaban con una navaja para que antes les diera mis auriculares, resultaba que yo tomaba partido en el enfrentamiento político en boga por denunciar algo que según uno de los bandos no podía existir. En la convivencia con los colegas escritores o periodistas de cultura, la situación tampoco era como para sentirse muy feliz. Fui a editoriales para ofrecer ediciones de autores que conocí durante mis viajes, desconocidos en Argentina o que recién ahora comienzan a publicarse, y la propuesta nunca le interesó a nadie. No tenía interlocutores curiosos en la literatura y el periodismo que a mí me entusiasma, por la sencilla razón de que esos autores ni siquiera están publicados o distribuidos allá. Y me impresionó descubrir que en el mundo intelectual se habla de lo mismo que hace 20 años atrás, cuando me fui de Argentina por primera vez, como si lo que de veras alimentara a sus protagonistas fuera discutir y discutir sin proponer o, sencillamente, trabajar. La falta de curiosidad me resultó demasiado parecida a la ignorancia, y para alguien que quiere desarrollar su escritura con la mirada puesta en el mundo es muy difícil crecer en un medio tan aldeano. Como mi intención es dar cuenta de mi experiencia sin ofender a nadie, voy a pasar por alto muchas otras historias de prejuicio y fanatismo que vi o padecí, y no haré ninguna comparación con México, país que me acepta con la calidez y respeto que uno espera de un auténtico hogar. Simplemente digo, y me digo, que cuando me subí al avión que me sacó de Buenos Aires sentí un alivio que no me gustó sentir. Pero que era indispensable y urgente, sobre todo para quien pretende disfrutar y profundizar la apertura mental, curiosidad y desprejuicio que fomenta la cultura.

Yo ya me despedí de Buenos Aires y espero no tener que volver. No lo digo con tristeza ni rencores, sino con la convicción de que mi mundo y todo lo que deseo para mi vida no están allí. Ojalá mis palabras no resulten injustas con la gente de allá que quiero y con la que compartí tantas cosas en los últimos años; en ese caso, estoy seguro de que me sabrán entender. Ahora tengo la suerte y el increíble privilegio de iniciar otra etapa en un lugar del que estoy enamorado, rodeado de mucha gente de la que aprendo todos los días y con la posibilidad de hacer un trabajo como el que siempre quise. Parte de esa vida a la que aspiro es este blog, y por eso vuelvo a él. Con la sensación, sí, de haberme sacado un gran peso de encima, y renovado por la alegría de pensar, hablar y crecer sin que nadie me juzgue por eso. Es muy triste acostumbrarse al odio y convencerse de que barrer al que piensa distinto es un deber moral. No tengo nada que hacer allí donde algo tan sencillo es materia de disputa o controversia. Me alegro de haberlo advertido a tiempo y de haber hecho lo que tenía que hacer. Ahora me consta que no hay droga más adictiva que el veneno, y que no darte cuenta de ello significa que ya bebiste lo suficiente como para estar muerto. 

sábado, 8 de marzo de 2014

Viaje al corazón de la música



¿De dónde sale la música? ¿Cómo y por qué una melodía resulta capaz de explotar en la pista de baile? El proceso creativo es y siempre será un misterio, y la palabra de los artistas sólo sirve para recordar que a la magia no se la explica. Sin embargo, en algunos casos, la perplejidad de los creadores hacia lo que surge de algún lugar de su ¿corazón? es tan divertida como inspiradora. Al menos eso es lo que sentí después de ver el lindísimo documental What difference does it make?, producto de la Red Bull Music Academy, en la que próceres como Giorgio Moroder, James Murphy, Lee “Scratch” Perry, Brian Eno y Erykah Badu, entre otros, revelan algunas claves de su experiencia musical. Para quienes sabemos que la música y el baile constituyen la extensión de los latidos vitales, este documental es indispensable. Arriba va completo y subtitulado. ¡No te lo pierdas!

lunes, 3 de febrero de 2014

Para no olvidar a Eduardo Coutinho


Ayer, una noticia me dejó helado: la del asesinato del gran cineasta brasileño Eduardo Coutinho en su casa de Rio de Janeiro. Me enteré en el diario, en pleno trabajo en la redacción, mientras mis compañeros se asombraban por otra muerte, la del actor estadounidense Philip Seymour Hoffman. Soy de los que descubrieron tarde el trabajo de Coutinho, ya que la primera obra suya que tuve la suerte de ver fue su extraordinaria Jogo de cena (2007). En esa película, la calidez del acercamiento a las personas corrientes me atrapó enseguida, y me llevó a buscar otras suyas como Edificio Master, Babilonia 2000 o Cabra, marcado para morir, entre otras. Ahora que no está siento que Coutinho deja muchas enseñanzas, sobre todo para los narradores de no-ficción. En sus documentales, la gente “de la calle” es tratada con un respeto mayúsculo, y por eso mismo se la muestra tal cual es. El paternalismo ideológico o el afán de ejemplificar las ideas del realizador con las vidas de las personas de a pie brillan por su ausencia en su obra, y como periodista yo agradezco que detrás de la cámara documental haya habido un tipo tan osado, capaz de demostrar que a la realidad no se la retrata con anteojeras políticas o prejuicios intelectuales, sino con una gran sensibilidad. En una época tan propensa a la demagogia y los maniqueísmos, la obra de Coutinho está llamada a ser un referente para aquellos empeñados en mostrar la maravillosa complejidad de lo real. Como prueba, arriba cuelgo su clásica Edificio Master (subtitulada) y abajo, Babilonia 2000 (con subtítulos en portugués), ambas completas. ¡Viva Coutinho!

 

lunes, 27 de enero de 2014

El funk carioca y la tecnobrega, amigos para siempre



Era cuestión de tiempo para que el funk carioca y la tecnobrega de Pará se unieran. Los dos son géneros musicales con fuertes raíces en el ghetto, y ambos reinan muy particularmente en las popularísimas fiestas ao vivo. Yo vivía en Rio cuando el funk explotó, y en Belém tuve la suerte de conocer de cerca el enorme mercado de la tecnobrega y algunos de sus subgéneros, como el genial electromelody. Me considero un hijo musical de ambos géneros (que siempre toco en mis propias fiestas) y tal vez por eso siento que “Prostituto”, con Deize Tigrona en la voz y la letra y el gran Jaloo en las máquinas, abre un camino musical que crea algo que bien podría llamarse “funk brega”. El resultado me encanta, es increíble cómo el reclamo sexual de Deize puede mezclarse con el ritmo lúdico de la tecnobrega. Si ya conocés a estos artistas, vas a disfrutar especialmente el clip de “Prostituto”; si no, y si querés saber más de ellos, te aconsejo darte una vuelta por la extraordinaria colaboración de Deize con Buraka Som Sistema y, también, por el Soundcloud de Jaloo. ¡A bailar, señores!

sábado, 25 de enero de 2014

Para no olvidar a Charles Bukowski



Fue en la universidad donde me enseñaron a despreciar a Charles Bukowski. Por esa época, (creo que el virus aún permanece), los profesores sentían un raro placer en dividir las aguas de la literatura y negarse a ver más allá de sus anteojeras teóricas. El héroe máximo era Nabokov, y nadie que en su vida hiciera algo más atrevido que cazar mariposas o dar clases de literatura rusa merecía su atención. Visto a la distancia, ese fundamentalismo me resulta más nefasto que perverso: el amor por los libros no pasa por tomar partidos de ninguna clase, y confundir pasión con sectarismo me parece especialmente patético en un mundo tan diverso y enriquecedor como el de la literatura. Quizás valga aclarar que ninguno de esos escritores metidos a mandarines académicos fue capaz de escribir un libro de algún interés. Entre ellos se elogiaban muchísimo, eso sí. Y de los que despreciaban, el más odiado era sin duda Charles Bukowski.



Como yo ya había leído Cartero y Mujeres, entre otros libros suyos inolvidables, no podía entender esa discriminación. Pasado el tiempo logré comprenderla, aunque por supuesto no la comparto. No podría decir que Bukowski es uno de los grandes escritores de todos los tiempos (tampoco veo qué relevancia podría tener ese podio canónico), pero sí puedo afirmar que la alegría y entusiasmo que me han regalado sus novelas me marcaron muchísimo. Cuando dejé de asignarle alguna importancia a los valores que la academia le asigna a tal o cual corriente literaria, me di cuenta del extraordinario mérito (no sólo literario) que tiene un tipo como Bukowski, cuya vida y obra se entrelazan hasta mostrar la psique de un escritor en eterna lucha con sus pasiones, el mundo exterior y, sobre todo, consigo mismo. Nadie que lo haya leído puede serle indiferente, y hasta donde entiendo ésa es la mejor prueba del valor de un escritor. Dando vueltas en la Red me encontré con el documental de culto The Charles Bukowski Tapes (1987), de Barbet Schroeder, y el lujazo de ver a Bukowski en directo me pareció tan maravilloso que no puedo dejar de compartirlo. Arriba va en dos bloques, y puedo asegurar que es diversión garantizada. Y de regalo, abajo cuelgo otro documental sobre el gran Bukowski: Born into this (2003), de John Dullagan. Todos tienen subtítulos en español, que aparecen con sólo clickear en su correspondiente cuadradito. ¡A no perdérselos!

miércoles, 22 de enero de 2014

De regreso al blog y feliz de la vida

Con mi editor, el gran J.M.Servín, en la Pulquería de los Insurgentes (DF)
Tras un largo período de hibernación (por decirlo de alguna manera), volví al blog. No dejé de postear por falta de cariño, sino de tiempo para escribir y, sobre todo, para procesar todo lo que me pasaba. ¿Qué ocurrió entre noviembre y hoy? ¡De todo! Mi libro de crónicas, Extranjero siempre, salió publicado en México por Almadía; para presentarlo viajé al DF y Guadalajara, donde reencontré amigos y me lo pasé increíble; a mi regreso fui a Uruguay (primero) y a Salta (después), siempre en misión periodística; y ahora me encuentro en pleno verano argentino, con grandes planes que ojalá se materialicen pronto. Son días de transición, de paciencia, de mirar hacia adelante sin dejar de ver atrás. Espero aclarar tanto misterio en los próximos días. Mientras tanto, regreso al blog con el mejor de los ánimos y un par de regalos: la crónica “De cadenero en el Rioma”, que forma parte de Extranjero siempre, y dos reseñas del libro, las que hicieron Mónica Maristain para el sitio mexicano Sin Embargo y la de Sergio González Rodríguez, publicada en el periódico Reforma. ¡Saludos, amigos, y la seguimos!

DE CADENERO EN EL RIOMA
"Si en el 12 tienes un 30 que está muy 28, entonces le damos 50 antes de que se arme un 33" me dice Ricardo Vakero, encargado de la seguridad del Rioma, durante mi adiestramiento como cadenero de uno de los antros más sofisticados y exclusivos del DF. Durante esta larga noche vamos a utilizar números en clave para que los clientes no se enteren que 12 es baño, 30 alguien muy agresivo y 28, un borracho o drogado. Lo que no sé es cómo voy a dar 50 si yo no soy nada 30. Pero aquí estoy, en plena noche de sábado, con la camisa semidesabrochada y un ridículo disfraz de gel en la cabeza y chicle en la boca, listo para meterme en un 33 si la cosa se pone innumerable.
En los últimos 14 años, Vakero ha trabajado en la seguridad de 55 antros. La vida en la puerta de lugares como el Cheetah, el Danzoo o el Coco Bongo le ha dejado un balazo calibre 25 en la pierna izquierda y un carisma raro, indescifrable, a mitad de camino entre la simpatía y la amenaza. Alguna vez quiso estudiar danza contemporánea, sus padres no le permitieron lo que les parecía un destino demasiado gay para su hijo y entonces él borró cualquier sospecha al ingresar a Lobo, una de las mayores agencias de seguridad privada del país. Ahora tiene su propia empresa; esta noche es mi jefe y me alecciona con un entusiasmo franco y divertido, como si estuviera ansioso por descubrir qué pasará con mi disfraz de gel y chicle una vez que me enfrente con los necios del oficio. “Al cliente hay que partirle la madre, pero no a chingadazos, sino psicológicamente”, explica, para dejar claro que, en su caso, la simpatía es el grado cero de la amenaza. ¿Y si con la psicología no alcanza? “Entonces, 50. Por fortuna, en este lugar llevo casi 9 meses y no me he visto en esa necesidad. Uno no está exento de recibir un golpe, y no se trata de responder. Es algo muy desagradable, pero llegado el momento hay que saber hacerlo bien”, apunta, con un trago en la mano. Esta noche llegarán entre 300 y 350 personas, y mis compañeros y yo tenemos que estar preparados para prohibirles la entrada a unas 50. La idea, según Vakero, es seleccionar la clientela “para que el lugar tenga una amalgama de condimentos, con gente de una misma clase social pero polifacética y versátil en estilos”. No necesito que me diga que a un morenito gordo, feo y común y corriente le tendré que negar la entrada. Pero igual le pregunto:
-¿Con qué criterio hay que dejar pasar a unos y batear a otros?
-Bueno, todos deben tener el estilo del lugar. Yo sé que dividir a la gente por clases sociales en los antros es muy tonto, pero la verdad es que las actitudes no se pueden mezclar. A la gente que bateo no les digo que no pasan por feos, porque yo sería el menos indicado en hacerlo. Lo que se rechaza es la actitud.

A las doce de la noche, cuando me paro en la puerta, pienso que yo me rechazaría a mí mismo si llegara así, con la camisa desabrochada y mi estrafalaria actitud de chicle y gel. Justo en el sentido inverso de lo que sugiere mi atuendo, Samy y Roberto, mis compañeros en la cadena, ostentan la sobriedad de dos rocas del desierto lunar. Roberto es alto y calvo, y su mirada se debe haber graduado en rayos X; a su izquierda, Samy no habla y controla cada movimiento desde algún lugar detrás de sus lentes azules. Ambos conforman una perfecta pareja de cyborgs insondables, gente que parece moverse al compás de un control remoto discreto y feroz. La dinámica del asunto incluye una lista de invitados que existe a medias, y a la que todos nos remitiremos para negarle el acceso a los 9. A aquellos que son 8, en cambio, los dejamos pasar sin siquiera mencionar que hay una lista. Atrás nuestro, oculto tras la reja, Vakero grita “9” u “8” apenas ve bajar del coche a cada posible cliente, y se transforma en la voz divina que guía nuestra forma de recibir a quienes llegan. Si es 8, abrimos la cadena con una media sonrisa. Si es 9, practicamos un nuevo subgénero de la cortesía, el gruñido helado pero amable. A las doce y media, poco después de abrir, Vakero me grita “9” mientras se acercan dos pseudogüeras escotadas, con pinta de teiboleras.
-Buenas noches, ¿a quién buscan?, les pregunto, firme, monumental.
-A nadie, queríamos entrar. Tengo una reservación-, me contesta la de los senos más grandes.
-Aquí no se reserva. Es con lista de invitados, solamente.
-Ay, ¿pero de veras no se puede?, me dice la misma chava, mientras respira profundo y los senos se le hacen más grandes aún.
-No, lo siento, es una fiesta privada con socios.
Y se van, sin decir adiós. Qué triste es la vida del cadenero, pienso, todavía sin reponerme de lo fugaz que puede ser un coqueteo. A lo lejos, por la escalera donde se baja para pagar el cover, siento la voz ronca de Enrique Peña, el gerente.
-¿Quiénes eran ésas?, me pregunta.
-Ah, no sé, las acabo de botar.
-¡Pero si yo vine porque les vi buenas piernas!
Quienes realmente mandan en un antro son los que cuidan la puerta, y por eso el gerente se acerca una y otra vez a lo largo de la noche. Samy, Roberto y Ricardo saben quién es cada uno que ingresa, qué apodo tienen, quién es amigo de quién o en qué empresa trabajan. La gente entra y nos abraza como si fuéramos grandes amigos, y eso que a mí nadie me conoce. La que me gustaría que me tratara con idéntico fervor es Bárbara Mori, pero ella sólo nos saluda de lejos, guapísima, luminosa, prueba viviente de que entrar al Olimpo no es lo mismo que cuidar su puerta. Algunas chicas sí se acercan y me besan, y me dejo tentar por el poder prestado mientras las veo evaporarse hacia el interior del antro. “Si el doorman se siente galán, es un pendejo” me dice Vakero, con ganas de platicar para quitarse el frío; “créeme que, adentro, estas chavas ni te pelan. Si las chavas te tiran la onda no es porque seas un galán o el cuate más interesante del mundo, sino porque quieren que las dejes entrar”. Vakero no espera conmoverme, porque sabe –o intuye- que yo pienso lo mismo. El problema es que, a pesar de lo que me indica la consciencia, igual se me antojan el abuso, el autoengaño, la sumisión ante las promesas de un poder mínimo pero poder al fin. Y si yo me siento poderoso por una noche como cadenero, ¿cómo se sentirán los presidentes, los ministros, o Cuauhtémoc Blanco cuando hace un gol? “Nueve”, dice Vakero una vez más, y quien se acerca es una pareja modesta, sin ningún toque distinguido en particular, que bien podría estar aquí como en una mesa de la Casa de Paquita la del Barrio.
-¿Se puede entrar?, pregunta el hombre, indeciso, sin ninguna convicción.
Samy ni lo mira. Roberto se aleja. El eco del “9” que gritó Vakero resuena en mi cabeza. Hay una injusticia evidente en que algunos puedan entrar y otros no a un lugar al que la gran mayoría llega con la misma intención de divertirse. Por un momento dejo la puerta y bajo a la pista. Mientras veo bailar a unas 100 personas bonitas y elegantes, pienso que tal vez muchos de ellos se indignarían si en la puerta dejáramos pasar a los que vienen con ropa de oficinista. Cuando se dice que un lugar ya no está tan bueno como antes, o que va “cualquier gente”, es justo porque el control de la puerta ha perdido rigor. Un rigor, por cierto, que ningún cliente reclamaría a voz en cuello, por lo políticamente incorrecto que podría resultar. “Hay puertas que se venden” señala Vakero cuando subo, pasadas las 3; “en algunos antros los cadeneros dejan pasar a cualquiera, por una lana que puede ir de los 500 pesos a los 5 mil. Y eso es la ruina de un lugar. El secreto no está en dejar que entre todo el mundo, sino en tener la suficiente fuerza y experiencia como para rechazar al hampón que viene con ocho marranos”. Dicho esto, llega un Porsche. De entre la muchedumbre de su interior surge un moreno alto, con barba de tres días, borracho y/o marihuano. Recién ahora me doy cuenta de que una buena mirada en detalle es infalible para detectar a alguien que no está del todo en sus cabales. “19”, grita Vakero, y eso significa que lo va a pensar, aún no sabe si los dejará entrar o no. Mis compañeros y yo nos hacemos a un lado, la nave espacial recién estacionada indica que estos clientes provienen de otro planeta y a los extraterrestres los trata nuestro jefe en persona. Menos mal, me digo, cuando ya falta poco para que esta noche llegue a su fin. Pienso en San Pedro, a lo mejor él tiene las mismas dudas existenciales en la puerta del Paraíso. Por mi parte, cuando me vaya al Infierno, espero que haya alguien que no me deje pasar.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Extranjero siempre, lo mejor de mí


Desde hace unos días estoy en México, adonde llegué para presentar Extranjero siempre, mi primer libro de crónicas, en el DF y Guadalajara. Estoy muy contento y orgulloso, sobre todo porque el libro rescata lo más representativo de mi trabajo periodístico de las últimas décadas, con textos que ya no están disponibles y que reescribí por completo. Por razones de espacio en la página y tiempo para producir y escribir, muy raramente pude publicar mis crónicas como de veras quería que salieran. Ahora, me vengué: para Extranjero siempre retoqué aquí y allá, amplié los textos originales y, en definitiva, puse todo lo que antes no había podido. El resultado me tiene feliz de la vida y ojalá le resulte interesante y entretenido a todos los que se acerquen a él.
En sus 250 páginas, Extranjero siempre reúne 12 crónicas escritas y publicadas en distintos lugares del mundo, y un prólogo personal o ars narrativa. La presencia de México es decisiva, con textos que van de mi internación como reportero encubierto en una clínica de rehabilitación de drogadictos y alcohólicos (“¡Animooooo!”), hasta el relato de la noche en que me convertí en el todopoderoso guardián de la puerta de un antro (“De cadenero en el Rioma”), pasando por la entrevista clandestina con una acompañante sexual (“Sexo, mentiras y fantasías de una escort”) y la aventura como turista alucinógeno en Real de Catorce (“La ruta del peyote”), entre otros. El resto de las crónicas tienen como protagonistas a Diego Maradona (en Cuba), Salif Keita (en Africa), una top model brasileña (en Rio de Janeiro), Fernando Vallejo, Carlos Castaneda, el metro de la Ciudad de México, una banda de rap formada por presidiarios y una adolescente víctima de un feminicidio en un pueblo de la pampa. En cada artículo, mi principal intención fue tratar de comprender al otro, sin juicios ni segundas intenciones, porque a mi manera de ver la primera misión del periodismo consiste en mostrar una realidad que siempre es compleja, diversa e irreductible al maniqueísmo. En algunos casos, como en la crónica del feminicidio, la espeluznante complejidad de la historia canceló toda posibilidad de dividir al mundo en buenos y malos, y mi sueño es que los lectores se animen a pensar y entender realidades que muchas veces van más allá de lo que dan ganas de aceptar. “Nadie es tan bueno como cree su mamá ni tan malo como cree su enemigo”, me dijo no hace mucho Alberto Salcedo Ramos, y me gustaría creer que Extranjero siempre es fiel a esa máxima de nuestro oficio.
Mañana jueves, a las 20, es la primera de las presentaciones mexicanas, y la única que haré en el DF. La cosa será a las 20 en la Pulquería de los Insurgentes (Insurgentes 226, entre Durango y Colima, col. Roma), y me acompañarán mi editor, J.M.Servín, y varios DJ's amigos, como Peach Melba, l30N3l y DJ Guaguis. Como decía arriba, estoy contento y orgulloso. La sensación de haber entregado lo mejor siempre es bonita y reconforta. Y es lo que me pasa con Extranjero siempre. Ahora sólo me queda hacer con él lo que tanta gente ha hecho conmigo durante años: desearle buen viaje, y que nunca deje de volar.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Sonido Gallo Negro y la ciudad perdida



Cumbia mística, guitarras surf, “una foto de la Ciudad de México hoy”...todo eso y más es Sonido Gallo Negro, la extraordinaria banda mexicana que combina la cumbia amazónica con la herencia postpunk y el gamberrismo sonoro de las calles de mi ciudad preferida. Compilé una canción suya para el CD Hasta la cumbia, siempre (Ultrapop), y desde entonces a hoy, que acaban de editar Sendero místico, no les pierdo pisada. Este especial del grupo en OnceTV los retrata como lo que son: un milagro musical empeñado en dibujar el rostro más profundo de la megalópolis perdida. Dale play arriba y dejate llevar.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Gilberto Gil en estado puro



Gilberto Gil, voz y guitarra, 1979. Pocos años después de la gira Doces Barbaros, y aún bajo la influencia del Festival Mundial de Arte y Cultura Negra al que había asistido, junto con Caetano Veloso, en Lagos (Nigeria). La época del clásico disco Refavela y de su mudanza a Los Angeles, para trabajar bajo la producción del gran Sérgio Mendes. Una etapa fundamental en el crecimiento del artista, que se cerraría con el increíble Realce. El show grabado para TV Cultura permite atestiguar la fuerza y magia de Gil en estado puro. ¡No te lo pierdas!

martes, 29 de octubre de 2013

Palabra de Alberto Salcedo Ramos



Hace unos días tuve la increíble suerte de entrevistar al gran cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos, autor de La eterna parranda y El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé, entre otros libros. Ganador del premio Ortega y Gasset de periodismo por la notable crónica La travesía de Wikdi, Salcedo Ramos pasó por Buenos Aires y en su camino dejó, como buen maestro, lecciones que conviene no olvidar. “Los periodistas hablamos demasiado y escuchamos poco”, “echarle la culpa a la grabadora por el mal periodismo es como incriminar a la cama por las infidelidades” y “la realidad siempre escribe mejor que nosotros” fueron algunas frases que le escuché, siempre atinadísimas. Como me gusta que este blog funcione a manera de archivo personal, abajo va la entrevista que le hice, para conservarla en la página virtual. El link original, aquí.

"YO NO MIDO A UN CRONISTA POR EL VALOR DE SUS METÁFORAS, SINO POR EL POLVO QUE TIENE EN SUS ZAPATOS"
Por Leonardo Tarifeño

Acompañó al niño Wikdi, indígena de la región colombiana del Chocó, en su travesía de cinco horas a pie por el camino de selva y barro que lo lleva a su escuela rural. Asistió a más de un velorio para ver en acción a Chivolito, uno de los últimos animadores de ceremonias mortuorias, quien se gana la vida gracias a los chistes de dudoso gusto que cuenta durante las despedidas finales de las familias a sus seres queridos. Y durante años vivió una larga relación de admiración y desencuentros con el gran boxeador Kid Pambelé, a quien retrató en un libro magistral. Ganador de los Premios Rey de España y José Ortega y Gasset, entre otros, el colombiano Alberto Salcedo Ramos es uno de los grandes periodistas latinoamericanos contemporáneos, un narrador salvaje que prefiere oír a preguntar, tal vez porque sabe que la verdad aflora allí donde nunca se la espera. "La verdad no sucede: se cuenta", dicen que dicen en el Caribe colombiano; fiel a la sabiduría popular de su país, Salcedo Ramos oye y narra, convencido de que el periodismo sólo sobrevivirá si, como la Scheherazade de Las Mil y una Noches, logra entretener a su tirano de ocasión con el poder de las historias.
-Gay Talese, a quien usted admira mucho, ubica su origen como narrador en la sastrería familiar, donde durante su infancia escuchaba todo lo que los clientes le confesaban a sus padres. Del mismo modo, ¿cuándo y dónde cree que las historias comenzaron a fascinarlo?
-Yo tengo un origen similar, sí. De los 4 a los 17 años viví con mis abuelos en un pueblo, Arenal, en el Caribe colombiano. Mi abuelo era un hombre adinerado, que a duras penas podía leer, pero que después de trabajar mucho había pasado de campesino a ganadero. Por eso, él tenía peones que a veces llegaban a la finca a cobrar algo, o a dejar el queso, o a traer la leche. Y yo oía hablar a esos campesinos y me quedaba impresionado. Las voces de esos campesinos fueron mis primeros periódicos. Porque te digo algo: el periódico El Tiempo -el único que se leía- recién llegaba al pueblo a las 4 de la tarde, cuando las noticias habían dejado de ser noticias. Así que en el diario yo leía las noticias como historias, no como novedades.
-¿Las historias que escuchaba eran más reales que las de los diarios?
-Por lo menos más interesantes. Cuando yo escuchaba hablar a los campesinos, sentía que me enteraba de algo. Me informaban. Los primeros libros que leí no fueron escritos: eran esas conversaciones, que para mí tenían mucho de libros orales. Por eso yo diría que desde muy niño aprendí que las cosas que me interesan casi nunca están en los periódicos.
-¿Dónde están?
-En la vida. La vida incluye los periódicos, claro, pero lo que me suele interesar está en los bares, en los parques y en las calles. Soy un reportero que reivindica el valor de la calle. Yo no mido a un cronista por el valor de sus metáforas, sino por la cantidad de polvo que tiene en la suela de sus zapatos. Creo en eso profundamente.
-¿La manera de hablar de aquellos campesinos influyó en su prosa periodística?
-Ojalá. La oralidad del Caribe colombiano es muy rica y colorida, y siempre está salpicada de anécdotas y ocurrencias. Por ejemplo, una vez hubo una sequía muy larga en el pueblo, y dio la casualidad de que por esos días, en un supermercado de Barranquilla, me encontré con un campesino que trabajaba con mi abuelo. Así que aproveché para preguntarle si no había llovido por Arenal. Y me contestó: "Noooo, la sequía que hay es tan grande que ahora los sapos se mueren sin haber aprendido a nadar" ¡Me pareció precioso! Puro lenguaje campesino, lleno de imágenes.


-Dice que reivindica el valor de la calle en el periodismo. Pero si hay que reivindicar algo tan básico, quiere decir que el periodismo está muy mal.
-Y, sí: hay que reivindicar ese valor porque la vida de los periodistas cada día transcurre más en los escritorios y menos en la calle. Es curioso, el periodismo se ha convertido en un trabajo de oficina. Antes, cuando se producía un hecho que requería la palabra de un personaje público, los periodistas buscaban a esos personajes; ahora entran a sus cuentas de Facebook o Twitter para ver qué dicen. Yo digo que Twitter es el iTunes del periodismo: así como en iTunes descargas y almacenas canciones, en Twitter almacenas y descargas declaraciones de figuras públicas. Y así el periodismo se vuelve aburrido. A mí me aburre mucho el periodismo cuando no es producto del esfuerzo del periodista por descifrar lo que está más allá de su ventana.
-¿Cómo se evita ese aburrimiento?
-En mi caso, con la curiosidad. Yo creo que me hice periodista porque me niego a que-darme con dudas. Y por eso salgo a la calle a enfrentarme con la realidad, para ver qué dice la realidad sobre las dudas que yo tengo. Por supuesto, no se trata de resolver todo, sino de contar esas historias. A mí me interesan más los periodistas que hacen preguntas que los que dan respuestas.
-Dicen que los fracasos enseñan más que los éxitos. ¿Qué aprendió de su peor error periodístico?
-Hay un error espantoso que yo cometí cuando tenía 24 años, que me enseñó a ser responsable. O a intentar serlo, por lo menos.
-¿Cómo fue?
-Mira, en 1984, el actor italiano Franco Nero fue a filmar una película a Colombia. Por alguna razón, él decidió hospedarse en una casa familiar y no en un hotel. En esa casa se enamoró de la empleada doméstica y la embarazó. El asunto resultó un escándalo, la chica apareció en todos los noticieros y a Nero le hicieron un juicio porque él negaba la paternidad. Con esa actitud, él vulneraba la dignidad de la mujer, que era negra y pobre, y pisoteaba su buen nombre. Poco más tarde, a Nero lo metieron a la cárcel en Cartagena, y cuando se acercaba la Navidad de ese año, un juez venal lo dejó libre y permitió que él se fuera de Colombia para nunca más volver. La mujer se quedó sola, con su bebe sin padre. Al año siguiente, cuando se aproximaba el Día de los Inocentes, un fotógrafo del periódico en el que yo trabajaba me entregó una foto de ella con su bebe en brazos, y entonces hicimos una nota en la que decíamos que Franco Nero se había regresado de Italia para reconocer a su hijo.
-Pero en realidad era una broma del Día de los Inocentes.
-Sí. Al día siguiente, esa mujer se presentó en el periódico. ¡Con una humildad! ¡Con una decencia! Y me preguntó si yo hubiera hecho esa misma broma con mi hija como protagonista. Me sentí muy mal, y lo que hizo que esa bofetada fuera aún más contundente fue su gran decencia. Su sentido de la dignidad. Ahí aprendí, creo que a tiempo, la importancia de ser responsable. La responsabilidad no es un valor agregado, es inherente al periodismo.
-¿Y el caso inverso? ¿Qué trabajo suyo lo considera un acierto?
-Bueno, yo escribí una crónica, Un país de mutilados, sobre las víctimas de las minas antipersonales en el oriente de Antioquia, en el noroeste del país, que es la región del mundo más afectada por las minas. Y ese texto ayudó a hacer visibles a esas personas, no solamente por el drama del día en que sufrieron el percance, sino también por los padecimientos que debían vivir para que el Estado los atendiera. Yo no soy nada mesiánico en mi trabajo, no lo veo como algo con una misión. Pero con mucha frecuencia descubro que ciertas historias que cuento hacen visibles a los invisibles. Y me gusta que el resultado sea que esos invisibles luego reciban un poco más de atención.
-Narrar a las víctimas puede ser doloroso, ¿pero no es todavía más difícil contar la vida de personajes ambiguos, que son héroes y villanos a la vez? Por ejemplo, el polémico boxeador Kid Pambelé, protagonista de su libro El oro y la oscuridad.
-Yo creo que cuando uno procura ser justo al contar una historia, tanto el lector como el personaje se dan cuenta de eso. Se nota si uno narra con naturalidad y buena intención. Yo procuro ser justo, aspiro a eso.
-¿Qué le falta a la crónica latinoamericana?
-El reto de la crónica es aproximarse al poder para mostrarlo, explicar su dinámica y poner en evidencia cómo incide en nuestras sociedades. En eso estamos en deuda. Las crónicas sobre el desarrapado y la villa miseria ya empiezan a agotarse. Por ejemplo, yo creo que el gran tema actual en nuestro continente es la minería, que destruye todo el ecosistema. Los magnates de la minería son los bárbaros modernos. Se infiltran en el poder político, compran conciencias y ponen a los congresistas de cada país a aprobar leyes que les garanticen impunidad.
-Contar ese mundo con la aspiración a ser justo es una deuda grande, ¿no?
-Ah, sí. Nadie es tan bueno como cree su mamá ni tan malo como cree su enemigo. Esa debería ser una máxima de nuestro oficio.

domingo, 27 de octubre de 2013

Para no olvidar a Lou Reed


El lado salvaje hoy es menos salvaje. ¡Gracias por la música, Lou Reed!

El velador, el lado íntimo del narco



Ayer concluyó DOC Buenos Aires, festival dedicado íntegramente al documental, donde se exhibieron joyas de Helena Trestiková y Juan Carlos Rulfo, entre otros realizadores. Una de las películas más recomendables del evento fue sin dudas El velador, de Natalia Almada, que pone la mira en la vida, obra y milagros del guardián de los mausoleos de los grandes narcotraficantes mexicanos. Con la calidez de su retrato, Almada consigue iluminar el costado íntimo del narco, una mirada urgente que vale la pena descubrir. Si te perdiste el DOC, o si no conocías esta obra, ¡no dejes de verla! Arriba va completa, en versión subtitulada en inglés.

sábado, 26 de octubre de 2013

¡Salsa para ser feliz!



Escucho salsa desde por lo menos 20 años. Es una música que me ha ayudado a liberarme de la rigidez, los complejos y los prejuicios culturales de mi educación argentina, siempre más afecta a la cháchara (muy presente en la presunta amistad que late en los cafés y, sobre todo, en la institución porteña del psicoanálisis) que a la alegre ligereza del baile. En la Buenos Aires donde crecí, “fiestero” identificaba a alguien turbio, vago y perverso. La fiesta, bailar, divertirse, siempre fueron sinónimos de actividades no del todo bien vistas. Sólo cuando salí de la cárcel mental impuesta por mi vida argentina llegué a descubrir que la fiesta es una marca de identidad latinoamericana, y que su lógica incluye el amor, la poesía, el compañerismo, la alegría, la autenticidad y la seducción. Si algo somos los latinoamericanos, es fiesteros. Y a mucha honra, mal que les pese a aquellos formados en el molde de la represión vital.
El descubrimiento de la salsa me permitió tomar contacto con pregones pueblerinos, historias urbanas, relatos amorosos (siempre divertidos, a años luz del lloriqueo tanguero) y un ir y venir muy dinámico entre las orquestas y el público. En los conciertos de Joe Arroyo, El Gran Combo de Puerto Rico y Los Van Van, entre muchos grupos que tuve la suerte de ver, no había una distancia entre los que cantaban sobre el escenario y los que bailábamos abajo. Todos éramos uno....pero uno de verdad. Esa comunión yo no la había visto nunca, ni en las milongas ni en los conciertos de rock nacionales o extranjeros (y vi muchos). Era un encuentro totalmente feliz y sexual, amable y sensualísimo, que sólo dependía de la cadencia que nos movía en una sola gran ola corporal. Desde que escuché salsa por primera vez, nunca he dejado de hacerlo. Me enorgullece haberme convertido en alguien capaz de disfrutarla y apreciarla, es decir, de haber dejado atrás los prejuicios de mi educación. No es sólo una cuestión musical. Es una manera de vivir. Cuando a mi alrededor alguien dice “ah, pero eso es salsa, a mí no me gusta”, me apeno terriblemente. En Buenos Aires, situaciones así las vivo más seguido de lo que desearía.
Esta confidencia viene a cuento porque el otro día encontré en la Red una espeluznante lista de 200 discos fundamentales de salsa del siglo XXI, que comparto aquí. A los salseros de corazón les servirá como guía para downloads o visualizaciones en YouTube; a quienes comiencen a interesarse por el género, les vendrá bien para conocer algo de lo último. Pero para que el dato no se quede sólo en la novedad, arriba cuelgo una perla: el relato de Willie Colón sobre los inicios del boogaloo y sus primeros días junto con el gran Héctor Lavoe, en los albores del sello Fania. ¡Viva la salsa!

jueves, 24 de octubre de 2013

Homenaje a los viejos aparatos que me hicieron feliz



Si alguna vez tu vida dependió de un aparato viejo, arruinado y en peligro de extinción, vas a entender este lindísimo corto animado. Las creadoras son tres chicas de la Ringling Computer Animation, en Florida, que por lo que se ve no tienen nada que envidiarles a los genios de Pixar. Es una historia chiquita y tierna, sin ninguna pretensión, que cobra un valor inesperado si se tiene en cuenta que vivimos en la etapa más extrema de la era de la “obsolescencia programada”. A mí me recordó mucho al despertador soviético que me despertaba durante mis días de vida en Hungría, a la cocina de la Primera Guerra Mundial que compartí en un piso del barrio gótico de Barcelona y a la infame ducha eléctrica que me hizo correr serios riesgos de electrocución en mi casa de Lapa, en Rio de Janeiro. Si sos de los míos, clickeá arriba y emocionate.

lunes, 21 de octubre de 2013

DOC Buenos Aires, ¡cita de honor!


El
Doc Buenos Aires, auténtica cita de honor para los amantes del documental, entra en su recta final. El festival concluirá el próximo sábado, y la programación incluye películas para todos los gustos. Los cinéfilos encontrarán retratos de Jean-Luc Godard, Jean-Louis Comolli y Jean-Claude Carriere; los más interesados en espiar la potencia de la realidad tenemos un documental de la gran Helena Trestiková (Universo privado) e historias y personajes extraordinarios, de los que siempre vale la pena descubrir. Personalmente, yo no me pienso perder Réquiem NN, de Juan Manuel Echavarría, sobre los habitantes del pueblo colombiano que recogen y entierran los cadáveres que bajan del río Magdalena (el trailer, arriba); ni El velador, de Natalia Almada, acerca del guardián de los mauseoleos de los más sangrientos narcos mexicanos (abajo). La programación completa, aquí.


domingo, 20 de octubre de 2013

Mike Tyson como nunca lo viste



Mike Tyson por sí mismo y como nunca se vio. Ese es el principal atractivo de Tyson, el extraordinario documental con el que el realizador James Toback consigue el más minucioso retrato jamás visto del hombre cuya debilidad abajo del ring fue tan grande como su fortaleza arriba de él. Con el sencillo recurso de poner a Mike frente a la cámara para que hable sin tapujos, Toback logra revelaciones que dibujan el fenómeno Tyson en toda su dimensión. La afección pulmonar que tuvo desde niño explica su necesidad de voltear a los rivales en pocos rounds; la ausencia de un padre hace que se entiendan mejor sus peripecias como delincuente juvenil; y el miedo que dice haber tenido tanto en su primera pelea callejera como en la intimidad matrimonial no parece sino el reverso de su furia ya célebre. Artista del amedrentamiento y héroe caído más de una vez en todo tipo de desgracias, Mike Tyson se muestra en esta película como el hombre sencillo y complejo que todos también somos, en busca de la comprensión que no siempre se encuentra. No es sólo para los fanáticos del boxeo, ya que su historia es universal. Arriba, va completa y doblada.

viernes, 18 de octubre de 2013

"Sugar Man" regresa con un nuevo clip de "I wonder"



Si te gustó Searching for Sugar Man, uno de los grandes documentales de los últimos tiempos, no te podés perder esta joya: la lindísima “I wonder” del gran Sixto Rodríguez, convertida en un poema urbano en el que las imágenes de la película cobijan los versos (arriba). Se trata de un tierno homenaje al cantante olvidado que acaba de resurgir de sus cenizas, con más de 500 mil copias vendidas del soundtrack de la película y giras por Europa, Estados Unidos, Oceanía y Sudáfrica. Después de ver este clip, dan ganas de cantar “I wonder” hasta en la ducha. Será que, ya revelado, al “misterio Rodríguez” le llegó la hora de deslumbrar por la potencia de su música y no tanto por la fuerza de su enigma. Enhorabuena para él y, sobre todo, para quienes tuvimos la suerte de descubrirlo. ¡Viva Rodríguez!

sábado, 21 de septiembre de 2013

Inadaptados del mundo, ¡uníos!

El Inadaptado (2006) from Pantalla Plana Cubana on Vimeo.


Si, como yo, sos de los que se aburren fácil durante las reuniones, te cuesta encontrar puntos en común con la mayoría de la gente y los temas que entusiasman a los demás te resultan por completo irrelevantes, entonces no te podés perder esta película. El noruego Jens Lien lleva esa sensación al extremo en El inadaptado, y la caricatura logra exhibir el funcionamiento (y la fragilidad) de un mundo ciertamente contemporáneo, refractario a todo aquel que no sigue el camino de las mayorías. La homogeneidad social es el mejor camino a la muerte de los sentidos, y lo que Lien plantea con grandes dosis de horror y absurdo es lo que muchos sentimos cuando la pobreza cultural y la intolerancia disfrazada con slogans acaba con aquello que más teme, es decir, la diversidad de ideas, costumbres y expresiones que enriquece a toda sociedad. A mitad de camino entre Kafka y Kaurismäki, Lien recuerda que las sociedades tan cerradas sobre sí mismas expulsan lo distinto. Conviene tener en cuenta ese dato, ya que este nuevo tipo de exclusión asoma cada vez con más fuerza a medida que la polarización social se agudiza y borra la disidencia. El inadaptado vale como metáfora y hoja de ruta. Cualquier parecido con la realidad es bastante más que eso.

jueves, 19 de septiembre de 2013

El desencanto, para recordar a Juan Luis Panero



Ayer me desayuné con la noticia de la muerte del gran poeta español Juan Luis Panero, cuya obra conocí a principios de los '90, cuando me fui a vivir a Barcelona. Yo siempre vi en sus versos a un poeta de la desolación y de la noche, como si sus versos fueran epitafios dirigidos a nombrar por última vez una relación sentimental, una juerga inolvidable, una larga deriva o, sobre todo, la propia existencia. Durante mucho tiempo disfruté la compañía de sus libros Antes que llegue la noche y Galerías y fantasmas, y con su desaparición siento que se pierde a alguien particularmente entrenado en darle voz a la intimidad de la tristeza. No conozco muchos poetas que resulten tan...¡creíbles! como él. Ahora nos queda su obra, que siempre valdrá la pena descubrir o releer. A manera de homenaje, arriba cuelgo el documental de culto El desencanto, de Jaime Chávarri, donde las historias de amor y odio de los tres hermanos Panero (Juan Luis, Leopoldo María y Michi) se cruzan con la figura del padre, Leopoldo, uno de los escritores oficiales del régimen franquista. El desencanto marcó a una generación, retrató como nadie a esta familia de grandísimos poestas y explicó el franquismo desde el living de un hogar. In memoriam Juan Luis Panero, aquí va ese recuerdo.