"gente que tiene los pies al revés, de manera que si uno quiere acercarse a ellos siguiendo sus huellas, lo que hace, por el contrario, es alejarse"
viernes 9 de diciembre de 2011
México, la explosión latente
La otra tarde caminaba por las calles de la colonia Roma, en México DF, el barrio en el que viví buena parte de mi vida mexicana. Hacía al menos cinco años que no andaba por ahí, al doblar una esquina me metí en la tienda de abarrotes a la que durante tanto tiempo fui un día sí y otro también y, cuando entraba, la señora de atrás de la barra me gritó “¡qué milagro!”. Me había reconocido, increíble pero cierto. En realidad no tiene nada de increíble, sólo que yo ya estoy malacostumbrado a los pésimos modales de una ciudad, Buenos Aires, donde nadie se siente obligado a tener la más mínima cortesía con aquellos a quienes ves todos los días. En el edificio de Buenos Aires donde vivo, más de una vez me pasa que saludo a mis vecinos pero ellos no me contestan. Y quienes por obra y gracia de Dios (que, por supuesto, es argentino) se animan a responder, lo hacen como si les molestara decir algo tan sencillo como “hola” o “adiós”. ¿Para qué saludar, pensarán, si no somos amigos? En fin, allá ellos, mejor prestarle atención a lo de veras importante. En esta visita a México me enfrenté con algo de lo más inesperado para mí: el recuerdo muy vivo de propios y extraños, el alegre saludo de gente que se me acercaba y me hablaba de cosas que hice pero de las que apenas si tengo algún dato conservado en las telarañas de mi memoria. Tuve la suerte y el privilegio de reencontrarme con amigos, conocer a muchas otras personas valiosas y reconocer, otra vez, a México como mi hogar. No sé si será el único, tampoco el más importante; pero que tengo un hogar allá, es algo que no me atrevería a dudar.
Y como todo hogar, tiene problemas. Yo muchas veces despotrico contra mi país porque aquí, que no padecemos muchos de los más severos conflictos que aquejan al resto de Latinoamérica, perdemos el tiempo y la energía creyendo -en todos los niveles- que sólo se puede progresar si se le aplasta la cabeza al otro. Y en eso México me enseñó a ser un ciudadano en serio: a prestarle atención al de al lado (saludo incluído), a respetar y honrar los valores de una comunidad, a darme cuenta de que todo egoísmo es soberbia y pedantería. Por eso mismo me duele mucho que hoy, a pesar de lo maravillosa que es su gente y de la escuela de madurez que México representa para mí, buena parte del país se encuentre perdida por una espiral de violencia que ya lleva más de 50 mil muertos en el último lustro. Por supuesto yo tenía idea de lo que pasaba, pero no fue hasta que presencié la espeluznante conferencia de prensa que el poeta Javier Sicilia brindó en la FIL que el peso de la realidad me hundió con la fuerza de un knock out. El día anterior habían matado en Hermosillo (Sonora) a Nepomuceno Moreno, uno de los líderes del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad que encabeza Sicilia, y la escandalosa denuncia que el poeta hizo en la FIL se me metió en algún lugar entre el corazón y la garganta. Sicilia recordó que Nepomuceno le dijo al presidente Felipe Calderón que estaba amenazado de muerte, los miembros del Movimiento le pidieron especialmente al gobernador de Sonora que le enviara custodia...y el resultado fue la muerte, el asesinato del activista. En la conferencia, le pregunté a Sicilia si había otros miembros del Movimiento amenazados. Me contestó que sí, pero que no diría quiénes. Hoy me desayuné con la noticia de la muerte de otro militante del Movimiento, y la desaparición de dos. “Si la respuesta para un ciudadano que busca a su hijo es el asesinato y el abandono a su suerte por parte de las autoridades, ¿qué le espera a cada uno de los ciudadanos de este país?”, preguntó Sicilia aquella tarde en la FIL, y yo prefiero no contestar. La respuesta, por cierto, quizás la tenga el candidato presidencial del PRI y favorito para las elecciones del año próximo, Enrique Peña Nieto, ahora célebre porque durante un acto en la FIL fue incapaz de nombrar tres libros importantes en su vida.
En México hice de todo: toqué en el Lilit, visité el hermoso Museo de Arte de Zapopan, presenté el CD Hasta la cumbia, siempre en la Pulquería de los Insurgentes (junto a Peach Melba y DJ Falso), me compré algunos libros maravillosos (Yo maté a Sherezade, de Joumana Haddad, entre ellos), descubrí unas bandas increíbles (La Orrorosa, Mexi Cumbia Bros), entrevisté a escritores jóvenes con sangre -y no teoría- en las venas (Guadalupe Nettel, Pablo Raphael) y me fui convencido de que México es menos un país que una fuerza vital. No me sorprendería que, como ya ha ocurrido en el pasado, esa fuerza algún día estalle; en ese caso, creo que no habrá nada más impactante que estar cerca de esa explosión. Mientras tanto, allá van dos voces que contra viento y marea se quieren hacer escuchar: la de los actores que toman las palabras del asesinado Nepomuceno Moreno (arriba) y las del propio Nepomuceno, durante la primera gran marcha convocada por Javier Sicilia, que marcó la adhesión de Don Nepo al Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (abajo). ¡Y viva México, cabrones!
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