lunes 23 de enero de 2012

Desayuno con John Lennon, lección de periodismo


Una lección que aprendí durante tantos años de periodismo es que, en general, lo mejor de una entrevista o de una crónica es justo aquello que por distintos motivos no se puede contar. A veces, porque si lo pones en el papel traicionas la confianza del entrevistado; otras, la mayoría, porque los lectores definitivamente no creen en la verdad pura y dura. Cuanto más al natural uno escribe lo que ha visto y encontrado, más desconfían los lectores. Por alguna extraña razón que desconozco, el público siempre cree saber más que el periodista; y aunque el reportero tiene el privilegio de haber estado en los lugares de los hechos, es raro el lector que acepte una información sin juzgar y desacreditar al que la cuenta con pelos y señales. La realidad es inverosímil y el público prefiere datos que confirmen su idea de realidad, no la verdad misma. A mi manera de ver, el principal reto del trabajo periodístico es encontrar las formas -narrativas, estilísticas- para que la realidad resulte creíble y asimilable por aquellos, muchos, a quienes la complejidad de los hechos desafía su manera de ver y entender el mundo. Un texto periodístico es de veras valioso cuando te convence de lo que en otras circunstancias no creerías. Y si ocurre ese milagro, es porque de alguna manera logró expresar los diversos e imprevisibles pliegues de la realidad, en definitiva justo aquello que es tan difícil de contar.
Pero, por supuesto, hay periodistas más lúcidos, hábiles y valientes que yo, a quienes estas consideraciones les quedan chicas. Uno de ellos es Robert Hilburn, gloria de Los Angeles Times que a partir de los '60 asistió al nacimiento, desarrollo y apogeo del rock desde la primera fila de su rol periodístico. Hilburn acompañó a Johnny Cash a su recital de la prisión de Folsom, convenció a Bob Dylan sobre qué canciones tocar en sus conciertos más importantes, fue confidente de John Lennon y Phil Spector, lanzó al estrellato a Elton John y conoció más que bien a Elvis Presley, Janis Joplin, Stevie Wonder y Michael Jackson, entre muchas otras estrellas de la galaxia pop. Con esa historia detrás, y ahora que la edad de oro del rock se ha convertido en un souvenir del pasado, Hilburn se anima a contarlo todo, sin tapujos ni atenuantes. Y, tal vez por eso mismo, lo que el lector encuentra en Desayuno con John Lennon y otras crónicas de la historia del rock (Turner) es un extraordinario retrato múltiple y coral de la vulnerabilidad divina.
“El rock and roll es la promesa de un tiempo mejor, y los mejores artistas difunden ese mensaje con una dedicación casi apostólica -escribe-. Siempre he confiado en ese mensaje liberador, y probablemente por eso los artistas que más me conmueven son los que luchan por mantener viva la promesa”. Crítico musical que no se deja llevar por los intelectualismos, Hilburn muestra a un Lennon que no se anima a comer chocolate delante de Yoko, a un Elvis preso por los caprichos de su manager y a una Janis desesperada por “hacer el amor con 25 mil personas para luego dormir sola”. Y con esas instantáneas, dice mucho más de lo que revelaría apostándole a las vueltas y vueltas de una inteligencia crítica que muchas veces se limita a morderse la cola. El libro de Hilburn me encanta porque por una vez el periodista cumple con el mayor de sus mandatos: contar lo que ve, no tanto lo que piensa. Por supuesto, lo que piensa se filtra y moldea aquello que observa, pero de ninguna manera se convierte en el panorama excluyente de su observación. O como puntualiza Bono, en el prólogo del libro: "sus escritos tienen una austeridad que lo sitúa en el extremo opuesto de otros grandes comentaristas y críticos de la era del rock, como Greil Marcus, con su tono pedestre y profesoral, o el fallecido Lester Bangs, con su gastado tono poético". Los reportes que Hilburn envió desde el frente constituyen el mapa de los tiempos más eufóricos y dramáticos del rock, y este libro conmueve sobre todo porque es capaz de exhibir a los grandes héroes de la cultura como lo que fueron: hombres y mujeres solos contra el mundo, cuya mayor aspiración vital consistía en encontrar un salvavidas. Mientras tanto, al lector le queda claro que el salvavidas de Hilburn fue el rock. ¿Y cuál es el nuestro, el de todos, el mío? La pregunta la despierta el libro; la respuesta está más allá de las páginas.