
En un mismo día, en el diario, a la mañana me anunciaron que cambiaría de sección y por la tarde me gané un iPod. Como resultado de una premiación interna, adn ganó a “mejor canal oficial en Twitter”; yo era uno de los tres responsables del canal, sorteamos el iPod con el que nos distinguieron y en el papelito salió mi nombre, así que me lo gané en buenísima ley. En aquel momento, pensé que sin dudas estaba ante mi día de suerte. Hoy todavía creo que así fue, pero si de algo estoy seguro es de que la suerte no es tal si no se la ayuda con un montón de trabajo.
Y desde entonces, en eso estoy. Empecé el año en unas funciones laborales que desconocía por completo y a las que me tuve que adaptar a los tumbos, de cierre en cierre, sin tiempo para equivocarme demasiado y con la energía y el ánimo dispuestos al aprendizaje exprés. El vértigo me devoró y se llevó mis horarios, mis costumbres y mis ganas de hacer alguna otra cosa además de laburar y laburar, pero a pesar de todo me enseñó que por ahí estaba mi lugar en el mundo. Perdido entre las noticias policiales, las manifestaciones en la ciudad y los revuelos por el aumento del subte, de todas maneras yo me encontraba más feliz que nunca. Había dejado atrás un mundo de arrogancia ilustrada que me amargó durante mucho tiempo; el mismo tipo de maledicencia y queja pedante que alguna vez fue la principal razón para que abandonara esta ciudad. Ahora la mudanza era menos espectacular, pero más efectiva: sólo había que irse al otro lado de la redacción. Por el trajín de los últimos días estoy muy cansado, sí, pero con mi mente y espíritu a salvo. El desgaste psicológico que puede provocar el ego ajeno es un daño que en mi caso equivale a 12 rounds con Manny Pacquiao. Ahora me toca subirme a un ring mucho más interesante: aquel donde espera la realidad, y no las ínfulas de tal o cual. Mi día de suerte me salvó. El vértigo se lleva todo, pero en el fondo me limpia.
Así que en eso ando. Reconociéndome como el periodista que soy, y no como el crítico disfrazado que nunca quise ser. Con serias dudas de que en el mundo de la cultura argentina pueda hacerse periodismo en serio. Tratando de no ofender a quienes, sin haber trabajado nunca en un medio, creen saberlo todo de periodismo (cuando sos parte del proceso de edición de un diario sabés mucho más de cómo se hace, y por un mínimo de cortesía yo prefiero dejar que los semiólogos de ocasión hablen y hablen antes que demostrarles lo mucho que ignoran). Y contento ante el desafío que me toca, que en todo caso no es más que hacer lo que hice siempre, entre colegas con los que comparto antenas y sensibilidad. Un día, sin nada de tiempo para comer, antes de meterme en la redacción me animé a un pancho de los que venden en la esquina. El panchero me vio con un libro de un autor francés bajo el brazo y me preguntó qué tal era. Mientras le ponía ketchup al peor almuerzo de mis últimas semanas, conversamos de Houellebecq, Baricco, Modiano y mi preferido, Carrère. Como yo, él había leído a tres de esos autores, y durante la charla intercambiamos impresiones, gustos y recomendaciones. En ningún momento me pareció que me sondeaba para saber qué había leído y qué no; tampoco lo vi interesado en demostrarme sus conocimientos, y mucho menos en hablar bien de alguien para criticar a otro. Su amor a la literatura era genuino y no se contradecía con su trabajo como panchero. Me fui de su puesto con el estómago roto pero el corazón feliz. La cultura está viva, pensé, sólo que es un error buscarla entre quienes se dicen o creen cultos. No sé por qué, al final ese pancho me pareció un alimento increíblemente sano.
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