La semana pasada salí de raje rumbo a Famatina, en La Rioja, donde la resistencia de un pueblo de poco más de 6 mil habitantes enfrenta a una de las mineras más importantes del mundo. Ya de arranque, la historia me recordó a la de la aldea de Astérix y Obélix: unos pocos tipos levantados contra una fuerza gigante, a la que sin embargo doblegan porque sienten que la razón está de su parte. ¿Cuál sería la poción mágica que encontraría entre ríos y valles, en el corazón de la provincia de la que surgió uno de los presidentes más polémicos de mi país?
Recién llegado, participé de la masiva marcha de La Rioja en repudio de la megaminería y del gobernador Luis Beder Herrera, quien hasta unos años atrás estuvo en contra de la minería a cielo abierto y ahora, una vez que el porcentaje del dinero que quedaría en la provincia pasó del 3 al 30%, cambió súbitamente de opinión. En la manifestación me sorprendió que hubiera más banderas argentinas (y camisetas de Nirvana o de River) que mantas de partidos políticos, lo que me pareció una buenísima señal. Luego, me conmovió ver que la gente se organizaba más allá de lo que hacían o dejaban de hacer sus presuntos representantes (aquellos que bajo la farsa del voto se creen con derecho de engañar con total impunidad), y sobre todo me impresionó que cada persona con la que hablaba conocía perfectamente el tema. En Famatina y alrededores no había un grupo de gángsteres políticos interesados en mantener un conflicto para lastimar al gobierno de turno; tampoco era el caso de una población manipulada por la idea del aguante a ultranza, sin la debida información que justifique sus posiciones. Al contrario: se trataba de una auténtica pueblada en apoyo a una causa de veras noble, que no negociaba porque no hay nada que negociar: si la minería contamina, no se instala; y si no contamina, que lo demuestren. Mientras la gente gritaba consignas como “el Famatina no se toca” o “la sed de oro nos dejará sin agua”, en la Casa de Gobierno local no había nadie que saliera a responder. En esos mismos instantes, Beder Herrera se encontraba reunido con la Presidenta. Los malpensados podían imaginar que recibía órdenes, las mismas que poco más tarde lo obligaron a decir que ningún proyecto de minería se instalará en La Rioja mientras no haya consenso popular. Los optimistas pueden creer que eso significa un paso adelante, una conquista de la resistencia. Yo prefiero pensar otra cosa: que los políticos, siempre corruptos y oportunistas, se aliaron para desgastar a la voz del pueblo que dicen representar con la única salida posible. En este caso, el aislamiento de la protesta, y el freno en sus intenciones hasta que puedan hacer más creíbles sus mentiras de siempre.

Ya en Famatina, tuve oportunidad de entrevistar a las líderes de la resistencia y a varias personas del pueblo. También fui al corte de ruta, comí tortas fritas con la gente que vive y duerme allí, y vi de primera mano cómo es y qué pretende la gente que se interpone entre el cerro y la minera Osisko Mining Corporation. Por supuesto, quien sólo ve a través de las anteojeras de la ideología creerá que allí en realidad hay una manga de activistas vagos y politizados que no saben cómo hacer para frenar el desarrollo del país. Por suerte, gracias al hermoso trabajo que tengo, me limito a contar lo que vi: por un lado, a gente educada e informada, que vive con humildad y ama su provincia; y por el otro, políticos ausentes, que ni siquiera saben de lo que hablan, y que por alguna extraña razón suponen que tratan con niños caprichosos a los que pueden comprar con las mismas monedas por las que ellos se han vendido. “Famatina tiene 450 años, y nadie quiere entregar lo que nos pertenece desde la época de nuestros ancestros”, me dijo Marcelo Garrotto, quien participó del primer corte, el que echó a la minera Barrick Gold del mismo cerro; “si ya en verano no tenemos el suficiente agua para todos, ¿cómo vamos a tener agua si se instala la minera, cuando ellos trabajan con el agua que baja del río?” me preguntó, con razonamiento implacable, una viejita de más de 70 años que todos los días llega al corte con una bolsita de azúcar o un cuenquito de arroz. En mi vida he visto pocas acciones de veras populares y legítimas, ya que en Buenos Aires vivo cerca del Congreso y por allí todos los días debo toparme con chicanas políticas disfrazadas de reclamo justo. Tampoco me emocionan los gestos de los políticos (esas migajas cazabobos con las que se pretenden exhibir como amigos de los justos) y mucho menos el hueco griterío de quienes se empeñan en hacerme creer, como si uno fuera un niño, que en el mundo hay buenos y malos. Por eso lo de Famatina me impresionó tanto: porque a pesar de los chantas, ladrones, vividores, impostores, oportunistas y mentirosos seriales que ocupan los balcones, púlpitos y demás espacios que la democracia supo conseguir, hay gente digna en serio, que a la larga triunfa porque la verdad sólo ofende al que intenta acallarla con consignas. Volví renovado de La Rioja, con esperanza en lo poco o mucho de autenticidad que queda en mi país, y más desconfiado que nunca en quienes se hacen los simpáticos para lucrar con la ilusión ajena. Ojalá este testimonio, que por supuesto incluye muchas historias que ya contaré, inspire a quienes se animen a ver y entender la realidad más allá de lo que les dicta su propia ideología. Para dejar claro cómo son los políticos (de cualquier clase, origen y calaña), arriba va el discurso con el que el gobernador Beder Herrera se oponía a la Barrick Gold; hoy apoya a la Osisko Mining Corporation por las mismas razones que entonces criticaba. Mis dos crónicas enviadas desde el lugar de los hechos, aquí (la primera) y aquí (la última).
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